Hace unos días un trastornado en un pueblo español acuchilló y mató a un niño. En las redes sociales, ese estercolero en donde mucha gente expone sus deyecciones mentales, rápidamente comenzó un reguero de comentarios xenófobos.
En el
último año he contabilizado un total de 15 apuñalamientos de distinta gravedad
y en diferentes países europeos según las noticias de prensa. La “directiva”
de los gobiernos a la policía y a los medios de comunicación es la de que hay
que ocultar la nacionalidad de los atacantes para no estigmatizar a
determinados colectivos.
Leyendo
la misma noticia en varios medios de información se llega siempre a saber el
origen de los atacantes y la religión que profesan. La nacionalidad es lo de
menos porque algunos de ellos ya la tienen en el país europeo donde viven.
En
general la policía cuando informa, sin haber tenido tiempo a realizar ninguna
investigación, se apresura a decir que no se trata de un ataque yijadista; ¡qué
tranquilo me dejan!
En
España los medios de intoxicación de masas a través de sus desinformativos, al principio de la noticia del
acuchillamiento de Mocejón, se mantenían cautos en sus calificaciones y luego,
conocido ya el atacante, se comenzó a hacer leña de la hipermegaultraderecha
basados en unos twits de descerebrados. Igual ocurre en las demás redes sociales. Los
progres ven fachas allá donde miran y hacen de la anécdota categoría para
alimentar sus fobias.
Es
normal, lo que no quiere decir aceptable, que ante el reguero de casos de
acuchillamientos por islamistas, los ofuscados mentales vomiten su
odio de inmediato pero utilizar esto para denigrar al adversario ideológico
revela una bajeza moral y un fanatismo similar al criticado.
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